
El olor húmedo y nauseabundo de la arena subterránea me picaba la nariz. Helio yacía en el suelo, una mezcla de sangre y sudor rancio. Era el rastro de un combate recién terminado. Los vítores y abucheos de la multitud resonaban en mis oídos, pero para él, solo era ruido.
El capataz se acercó, agarró su tobillo y lo arrastró. La sensación de mi cuerpo raspando contra el frío suelo de piedra era vívida. Era un dolor familiar. Me tiraron a la oscura celda, y yo gruñí levemente. Escuché la puerta cerrarse detrás de mí. Un clic, el sonido pesado del hierro resonó. Helio se sentó apoyado contra la pared, su mirada borrosa, observando la oscuridad donde dormían otros esclavos en las celdas contiguas.
No estaba bien. Tampoco quería estarlo. Solo pensaba que todo acabara. Preferiría morir. Pero aún no podía morir. Tenía que vivir. No recordaba por qué tenía que vivir.
10 de junio de 2025
18 de junio de 2025